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Generalmente los humanos subestimamos los actos cotidianos; la constancia, repetición y continuidad de tales sucesos, los ha despojado de todo valor ante nuestra mirada. Sin embargo, toda vida, así sea del ser más ordinario, del personaje más inaudito, haciendo un conteo, tendrá un gran porcentaje de cotidianidad. Y es que en realidad los actos habituales representan el umbral de lo novedoso, por más absurdo que esto pueda sonar. Porque qué otra cosa puede suceder cuando lo cotidiano se mezcla con el destino: nada menos que los momentos más trascendentes de cualquier vida.
Y es a partir de estos dos elementos, cotidianidad y destino, que la cinta Stranger than fiction –Más extraño que la ficción-, del director Marc Forster, nos comparte una historia que revela los sucesos insólitos que pueden resultar de los actos rutinarios, así formen parte de la personalidad más obstinada. Todo a partir de la interacción de cuatro personajes: un agente fiscal, una escritora, un profesor de literatura y una repostera. Claro que lo que busca este texto no es revelar la trama de la película, la intención en realidad es exponer una idea que surgió a partir de ella.
Bajo algunas circunstancias creemos que nuestra vida atraviesa por momentos y situaciones extrañas que bien podrían ser resultado de una obra literaria. El sentir nuestra vida novelizada me parece la consecuencia más natural de las travesuras constantes que se permite nuestro destino cuando se aburre de tanta pasividad y hace tropezar a nuestra cotidianidad. Bajo el contexto de nuestras costumbres rotas no nos queda más que mirar con asombro todo lo que queda fuera de ellas, y en realidad, salir de lo ordinario es lo que nos refresca y nos permite integrarnos a la rutina con la mayor naturalidad. La sorpresa del destino es aquello que puede ser capaz de reajustar realmente nuestra conciencia y emociones. El integrar a nuestra existencia lugares, situaciones, emociones o personas desconocidas es lo que nos da pie a la continuidad.
Y como cierre dejo la siguiente cita, que bien puede sonar fuera de lugar, pero a mí me parece que tiene mucha relación con lo anterior:
“¿Pero cuándo el amor es propiamente amor? ¿Puede uno amar a quien lo acompañó por una hora? ¿Por dos horas, dos meses, dos años, dos minutos? ¿Se ama a quien se conoce, justamente por eso, o quizás al revés: conocemos para mejor desconocer, y así poder amar sin el estorbo de la realidad?”
Xavier Velasco
Y es a partir de estos dos elementos, cotidianidad y destino, que la cinta Stranger than fiction –Más extraño que la ficción-, del director Marc Forster, nos comparte una historia que revela los sucesos insólitos que pueden resultar de los actos rutinarios, así formen parte de la personalidad más obstinada. Todo a partir de la interacción de cuatro personajes: un agente fiscal, una escritora, un profesor de literatura y una repostera. Claro que lo que busca este texto no es revelar la trama de la película, la intención en realidad es exponer una idea que surgió a partir de ella.
Bajo algunas circunstancias creemos que nuestra vida atraviesa por momentos y situaciones extrañas que bien podrían ser resultado de una obra literaria. El sentir nuestra vida novelizada me parece la consecuencia más natural de las travesuras constantes que se permite nuestro destino cuando se aburre de tanta pasividad y hace tropezar a nuestra cotidianidad. Bajo el contexto de nuestras costumbres rotas no nos queda más que mirar con asombro todo lo que queda fuera de ellas, y en realidad, salir de lo ordinario es lo que nos refresca y nos permite integrarnos a la rutina con la mayor naturalidad. La sorpresa del destino es aquello que puede ser capaz de reajustar realmente nuestra conciencia y emociones. El integrar a nuestra existencia lugares, situaciones, emociones o personas desconocidas es lo que nos da pie a la continuidad.
Y como cierre dejo la siguiente cita, que bien puede sonar fuera de lugar, pero a mí me parece que tiene mucha relación con lo anterior:
“¿Pero cuándo el amor es propiamente amor? ¿Puede uno amar a quien lo acompañó por una hora? ¿Por dos horas, dos meses, dos años, dos minutos? ¿Se ama a quien se conoce, justamente por eso, o quizás al revés: conocemos para mejor desconocer, y así poder amar sin el estorbo de la realidad?”
Xavier Velasco
Por Carlos Alberto Ruiz



